El Corán nos relata la historia de dos hermanos por parte de padre, criados en diferentes partes del mundo: uno cuyo linaje dio lugar a una larga sucesión de mensajeros de Dios, y otro de cuyo linaje, muchos siglos después, surgiría el último mensajero. Cada uno, en su propia tierra y entre el pueblo al que fue enviado, llevó exactamente la misma misión.
Un padre y un fundamento en común
Antes de que cualquiera de sus hijos se convirtiera en padre de una gran nación, ambos fueron hijos de Abraham, un hombre a quien el Corán describe como una nación en sí mismo debido a la pureza de su devoción a Dios:
“Ciertamente, Abraham fue un líder[1], devotamente obediente a Dios, inclinado hacia la verdad, y no fue de aquellos que asocian a otros con Dios.” (Corán 16:120)
Esa devoción absoluta a la adoración exclusiva de Dios, y la convicción de que solo Él merece ser adorado, fue el legado que Abraham transmitió a sus dos hijos, sin importar qué madre los crió o en qué tierra crecieron.
Ismael, criado en el árido valle de La Meca, e Isaac, criado con la familia de su padre en Palestina, fueron formados sobre el mismo fundamento: un hogar donde se rechazaban los ídolos y los falsos dioses, donde únicamente se invocaba a Dios y donde el buen carácter era considerado parte de la adoración.
Ninguno de los dos hijos heredó una religión diferente. Ambos heredaron la misma fe, enseñada por el mismo padre, y cada uno tuvo la responsabilidad de transmitirla y continuar con esa misión.
Dos caminos distintos
A partir de ese origen compartido, las historias de los dos hermanos tomaron caminos geográficamente distintos, aunque nunca se diferenciaron en su esencia.
Ismael se estableció junto a su madre, Hajar, en el valle que posteriormente se convertiría en La Meca. Allí, junto con su padre Abraham, ayudó a levantar los muros de la Kaaba, la Casa construida para la adoración exclusiva del Único Dios verdadero. Ismael se convirtió en uno de los antepasados de los árabes y, muchos siglos después, de ese mismo linaje surgiría el último mensajero de Dios, Muhammad ﷺ.
“Y cuando Abraham e Ismael levantaban los cimientos de la Casa, oraron: ‘Señor nuestro, acepta esto de nosotros. Ciertamente, Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe’.” (Corán 2:127)
Isaac, por su parte, permaneció en la tierra a la que su padre había emigrado y donde se había establecido: la Tierra Santa de Palestina/Canaán.
A través de su hijo Jacob, Isaac se convirtió en uno de los antepasados del pueblo de Israel, de las doce tribus y de una larga sucesión de mensajeros que Dios envió para guiarlos, entre ellos José, Moisés, David, Salomón y, finalmente, Jesús.
Un solo mensaje, no dos
Aquí es donde la perspectiva islámica nos ofrece algo mucho más profundo que simplemente observar un árbol genealógico: a pesar de vivir en diferentes tierras y dirigirse a diferentes pueblos, tanto Ismael como Isaac enseñaron y transmitieron la misma religión y la misma creencia.
Ese único llamado consistía en adorar exclusivamente al Único Dios verdadero, rechazar todo aquello que fuera adorado además de Él y creer en todos Sus Mmensajeros, hasta llegar al último mensajero, Muhammad ﷺ.
“Digan: ‘Creemos en Dios y en lo que nos fue revelado, y en lo que fue revelado a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y sus descendientes; y en lo que fue dado a Moisés y a Jesús, y en lo que fue dado a los mensajeros de parte de su Señor. No hacemos distinción entre ninguno de ellos y a Él nos sometemos’.” (Corán 2:136)
Vale la pena detenernos a reflexionar sobre este pasaje.
A una persona que recién llega al Islam y ya está familiarizada con los relatos bíblicos no se le pide que deseche todo lo que conocía acerca de los mensajeros anteriores. Por el contrario, se le invita a reconocer que todos ellos fueron hermanos y compañeros dentro de una misma misión, no fundadores de religiones separadas y rivales.
El Corán nos enseña que Abraham, Ismael, Isaac, Jacob, Moisés, Jesús y Muhammad ﷺ fueron, en el sentido más profundo de la palabra, musulmanes: personas sometidas al Único Dios verdadero que llamaron a sus comunidades a hacer lo mismo.
Muhammad ﷺ no representa una ruptura con esa cadena, sino su último eslabón y su culminación. Él reafirmó el mismo mensaje que los mensajeros anteriores habían transmitido, presentado finalmente en una forma preservada para todas las generaciones posteriores. Estos grandes hombres fueron, en esencia, “hermanos de distintas madres, unidos por una misma fe.”
Por qué esto es importante para una persona nueva en el islam
Para alguien que llega al islam desde el judaísmo o el cristianismo, comprender esta perspectiva puede transformar la manera en que entiende su camino espiritual.
El islam no te pide que consideres todo lo que conocías sobre Abraham, Isaac o Jacob como algo falso que ahora debes abandonar. Más bien, te invita a verlos como parte del mismo camino que ahora estás recorriendo.
Es una historia que no comenzó con Muhammad ﷺ en el siglo VII, sino que se remonta a través de Ismael e Isaac, continúa con Abraham y llega aún más atrás, hasta el primer ser humano y profeta: Adán.
Esta nueva perspectiva también tiene una importancia práctica. Significa que no estás entrando a una religión nueva y separada de todo lo que existió anteriormente. Estás reconociendo tu lugar dentro de una larga cadena de personas que se sometieron al mismo Dios.
Una cadena cuyo mensaje esencial, según nos enseña el Corán, ha permanecido constante desde el primer mensajero hasta el último: adorar solamente a Dios y someterse a Él.
Reflexión final
Detente por un momento e imagina a estos dos hermanos: criados sobre la misma fe, viviendo entre dos pueblos distintos, pero llevando consigo una sola misión que nunca cambió.
Y ahora pregúntate dónde te encuentras tú dentro de esa misma cadena.
No como una persona ajena que simplemente observa dos antiguos linajes familiares, sino como alguien que ahora forma parte del mismo llamado que alcanzó a Ismael en La Meca y a Isaac en Palestina.